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18 de febrero de 2017

El Gato Agazapado

Desde aquí los veo perfectamente. Son un paisaje patético.
Ellos no pueden verme a mi, aunque perciben mi presencia.
El perro olfatea mi olor, lo noto por como levanta levemente su hocico mientras ligeramente mueve la cabeza en busca del rastro.
El pusilánime ratón se mantiene al abrigo del perro. Mueve desesperadamente los bigotes y sus orejas tiesas giran para abarcar el area de donde pueda venir el sonido de su depredador natural. Que imbécil; se siente seguro junto al estúpido del perro, pero así y todo tiene miedo. Puedo sentir los latidos de su corazón.

Aunque los veo perfectamente, confieso que no estoy muy cómodo aquí, Estoy agazapado esperando que se vaya el perro y el cobarde ratón se quede solo a mi merced. Con un ágil, preciso y elegante salto, desde aquí mismo, le pondría mis garras encima y lo devoraría antes que pudiera siquiera emitir ese chillido agudo, bobalicón y mantequita que tanto detesto..


No estoy muy cómodo aquí, es verdad, agazapado apenas con el espacio justo. El estúpido del perro no puede verme, y aunque lo hiciera, no podría alcanzarme. No haría mas que ladrarme como un desquiciado, malgastando toda su tonta energía emitiendo ese ronco sonido que tanto detesto.

Estoy muy alto y él no puede trepar. Aquí me voy a quedar, tieso, agazapado, incómodo. Y cuando me ladre figuraré una actitud petulante
y altanera, de menosprecio a su impotencia a sabiendas de que él aquí no llega.

Y no me moveré, porque mas allá de la postura que transmita, me quedo quieto porque soy un cobarde, le tengo miedo. Su ladrido me aterra tanto que no puedo mover ni los bigotes.

9 de febrero de 2017

Mi Tía Yoya

A mi tía Yolanda le decíamos Yoya.
Pero no era su apodo devenido de un apócope de su nombre; no.
Sino por la forma con que habitualmente iniciaba todos su comentarios:
- Yo ya te lo había dicho antes.
- Yo ya sabía que esto iba a terminar así.
- Yo ya me compré uno mejor.
- Yo ya estuve acá en otras vacaciones.
- Yo ya no se que mas hacer al respecto.
- Yo ya lo terminé.
- Yo ya conozco a varios como vos.
- Yo ya fui y vine para cuando vos te decidiste.

Y así podría enumerar varias mas.
Lo curioso, es que, a pesar de que eran frases para menoscabar al prójimo, las decía en un tono cantarín y maternal, por el cual a uno no le caía mal de entrada, sino mas tarde, una vez que las palabras habían dado varias vueltas por el cerebro antes de asentarse en el corazón.

La tía Yoya falleció cuando yo ya me había hecho a la idea de que nos iba a enterrar a todos.
En su testamento fue bastante generosa con nuestro lado de la familia.
A mi hermana le dejó una casita en las sierras de Córdoba y a mi un Renault 12 con poco rodaje.
A mis primos políticos Damián y Hernán no les dejó nada.
Juraron ir a orinar su tumba, y lo hicieron.
Grande fue sorpresa cuando llegaron y, junto a la lápida, encontraron una pelela con una leyenda que decía: "Yo ya sabía que iban a venir. Lávense las manos después de mear".


2 de noviembre de 2016

Historia Breve VII

Decidí llevarle flores al cementerio.
Cuando llegué, frente a una tumba vacía, ya estaba ella con un ramo de flores para mí.
Ambos creíamos que el otro estaba muerto.

26 de octubre de 2016

Historia Breve VI

- ¿Querría usted que le agrandaran los testículos por seis pesos con 99?
- No. Me respondió el cajero, sorprendido.
- ¿Porqué querría entonces yo que me agranden las papas y la gaseosa?

11 de marzo de 2016

Historia Breve IV

Innecesariamente, el fantasma abrió la puerta y abandonó la habitación. Podría haberla atravesado.

4 de marzo de 2016

Miradas y un Camino de Cascotitos de Ladrillo

En una plaza, estoy sentado en un banco. En el banco de enfrente, camino de cascotitos de ladrillo de por medio, hay una atractiva señorita.
La miro; me devuelve la mirada.
La miro de nuevo, ya no me mira. Bajó la mirada, mira el camino de cascotitos.
Llega un hombre flaco; la mira. Ella lo mira, le sonríe por compromiso.
Él se sienta en el banco junto a ella. Me mira; lo miro.
Llega un perro por el camino de cascotitos de ladrillos; lo miramos. El perro no nos mira; huele.
Huele los zapatos de la señorita, luego huele mis zapatos. Se sienta en el camino.
Me mira, mira a la señorita y mueve la cola, contento.
El hombre flaco mira a la señorita, enojado. Me mira a mi, enojado, mirá al perro, enojado. El perro lo mira, jadea y mueve la cola.
El perro nos mira y jadea; cuanto más jadea el perro, con mas furia me mira el hombre flaco.
El hombre flaco, sin dejar de mirarme, amaga levantarse. Se vuelve a sentar.
Un hombre con uniforme de policía se sienta a mi lado. El hombre flaco baja la vista. No lo quiere mirar.
El policía me mira, lo saludo con un movimiento de cabeza. Estoy feliz de que haya llegado.
El perro sigue jadeando y moviendo la cola. El hombre flaco me mira de reojo. Me hace una seña que no entiendo, pero que no me gusta.
La señorita atractiva mira al policía, el policía la mira y la saluda. Afirmativo.
Miro a la señorita, ella no me devuelve la mirada. Mira la lejanía, la nada; y de reojo al hombre flaco.
El hombre flaco toma un cascotito y se lo arroja, despacito, sin fuerza, al lomo del perro.
El perro deja de jadear y lo mira. Se le erizan un poco los pelos de la nuca. A mi también.
La señorita atractiva se levanta y se va, el hombre flaco, con la cabeza gacha, la mira irse, de refilón, notablemente molesto. El policía la mira irse, contento, le complace su jean ajustado.
El perro jadea, pero no mueve más la cola.
Evidentemente, el hombre flaco no quiere cruzar la mirada con el policía.
Evidentemente, yo no quiero cruzar la mirada con el hombre flaco. No me gustó ese gesto raro.
El policía me mira, se acomoda la gorra, hace un ademán que podría pasar por un saludo y se va.
El hombre flaco lo mira irse de reojo, esboza una mueca de placer.
Tomo un puñado de cascotitos de ladrillo, en ese instante en que no me mira.
El policía se aleja.
El perro está quieto, no jadea. Yo estoy quieto, aferro los cascotitos en la mano. Tampoco jadeo.
El hombre flaco se levanta del banco como un resorte.
Le arrojo el puñado de cascotitos en la cara.
Ipso facto(*), el perro se lanza sobre él y le clava los dientes en la muñeca de la mano derecha. Se le cae un arma sobre el camino de cascotitos.
Doy media vuelta y me voy corriendo. Rápido. A todo lo que doy.
El hombre grita. No se si me mira; tampoco me importa demasiado.


(*) Wikipedia dice que Ipso facto se usa de manera incorrecta como sinónimo de rapidísimo. Me ne frega.

21 de febrero de 2016

Historia Breve III

Terribles asesinos psicóticos. Lo balearon a quemarropas por la espalda, lo degollaron, y luego, lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego para quemarlo vivo.

6 de febrero de 2016

1 de febrero de 2016

Historia Breve

Cuando me la presentaron no me cayó muy simpática.
Tenía una lagaña en el ojo izquierdo del tamaño de una manzana verde.

14 de diciembre de 2014

Judas y Caín

No he visto en toda mi vida, perros mas mansos y tontos que Judas y Caín.
El gordo Rinaudo los había comprado de cachorros, a unos vendedores ambulantes que estaban en la peatonal, quienes le hicieron creer que eran cruza con Rottweiller. En realidad, eran cruza, pero vaya a saber uno con que. Raza Delmon, diría mi hermana... del-mon-tón... en fin, permítaseme el chascarrillo.
La cuestión es que el gordo les quiso poner un nombre bravo, que meta miedo de solo oirlo, y aconsejado por un contador amigo, quien ya le había puesto nombres ridículos a sus perros, terminó eligiendo Judas y Caín.
Pero nada mas alejado de la maldad que estos chuchos recogidos de la calle. Alegres, recibiéndote siempre moviendo el rabo y sacando la lengua, lamiéndote de amor y felicidad; podías quitarles un hueso de la boca sin que te hicieran el más mínimo daño.
Rinaudo tenía una casa como con cincuenta metros de fondo, así que Judas y Caín retozaban libremente. Siendo que eran tan tontos su perros, llamaba la atención que nadie se hubiera metido a robar alguna noche a la casa del gordo. Tal vez porque los perros eran grandotes; aunque sin ser feroces generaban algún respeto a la distancia.


Un día estábamos en un asado de amigos en lo de Rinaudo. Ese dia había sido invitado el padre Gavilán, un cura santiagueño conocido de la familia del gordo. El sacerdote miraba a los perros desde lejos, con los ojos entrecerrados, y entre costilla y costilla se persignaba diciendo -Ió no me fiaría de esos perros, chango-.
Y esa misma noche, pasó algo increíble.
Un ratero que merodeaba por los techos, y al parecer conocía de las bondades de los perros, se animó a colarse por el fondo. También sabía que esa noche no había nadie en la casa de los Rinaudo porque se habían ido a una fiesta de casamiento.
El ratero convidó con un suculento hueso a Judas, quien lo había recibido, como habitualmente a cualquiera, saltando de alegría y moviendo el rabo. Apenas le llamó la atención al maleante, que Caín no apareciera -estará durmiendo- pensó.
Comenzó a caminar el sujeto hacia la casa, Judas lo acompañaba, jugueteando con él y robándole caricias en el lomo, pero a unos pocos metros de la ventana por la cual el ladrón se pensaba colar a la casa, Judas se detuvo y se sentó en el piso.
Un gallo cantó tres veces, el ratero, poco versado en asuntos bíblicos, pasó por alto el detalle, y siguió hacia la ventana. Tan confiado estaba de su éxito que tampoco notó que Caín, con un cascote de considerable tamaño sujeto a su mandíbula, estaba apostado sobre el techo de la casa, a la altura de la ventana. Dejó caer tremenda piedra Caín sobre la cabeza del ladrón, con tanta precisión, que lo hizo morir casi en el acto.
-Traidor- alcanzó a balbucearle a Judas antes de morir. Este lo miró, moviendo el rabo, con una carita como diciendo -hombre, ¿de que te sorprendes? esto ya habia sido escrito hace miles de años-.

10 de mayo de 2014

El Chiste de Gangoso que va al Kiosco a Comprar Chicles

El santiagueño Gavilán era un buen contador de chistes. Tenía un repertorio un tanto limitado, pero muy graciosos todos. En la sobremesa de los asados de los miércoles siempre había un espacio para que el santiagueño hiciera su show. Repetido. Nos sabíamos todos los finales. Pero la forma en que Gavilán los contaba, los gestos, las pausas, la entonación... cada relato era mas gracioso que el chiste en si mismo.
El del gangoso que va al kiosco a comprar chicles era, sin dudas, el mejor de todos. La interpretación del gangoso que hacía Gavilán, combinada con su acento santiagueño, hacía que nos meáramos de la risa. A fuerza de repetición, no se desgastaba sino al contrario, se hacía cada vez mas divertido.
La cuestión es que el santiagueño un día, sin previo aviso, dejó de ir a los asados.
-Dicen que se fue de seminarista- dijo el zurdo Mendiondo.
Nos quedamos perplejos, anonadados, atónitos... medio pelotudos, para ser mas gráfico.
Ese día comimos el asado casi en silencio.
A partir de ahí el grupo se fue desmembrando de a poco, en forma casi natural. Uno se casó y tuvo un pibe, luego el que se recibió y consiguió trabajo en otra ciudad, otro al que se le enfermó la madre gravemente, otro a probar suerte a Europa... y los asados fueron agonizando hasta desaparecer.
******
Lo curioso del caso es que, con los años, me olvidé el remate del chiste del gangoso. No hay caso, no puedo recordarlo, lo he buscado por internet incluso -he leído un centena de chistes de gangosos- y no lo encuentro; ninguno es el de Gavilán.
Lo comentábamos tiempo atrás con el zurdo Mendiondo, pues lo extraño es que a él le pasaba lo mismo: no se podía acordar del final de chiste.
******
La semana pasada, el zurdo Mendiondo me envió un mensajito de texto al laburo: "cuando puedas llamame".
Lo llamé el instante, el zurdo no es de molestar por tonterías.
-¿Que pasó zurdo?
-A que no sabés quién volvió al pueblo- me desafió Mendiondo.
-Que se yo, zurdo... ¿tu ex mujer?.
-Nooooo... paparulo... ¡El santiagueño! Es el nuevo párroco de la iglesia de Santa Rosa. Tendremos la oportunidad recuperar el final del chiste del gangoso.
-Pero mirá que decís huevadas, zurdo. ¿Que te pensás, que va a contar el cuento en medio de la homilía?
-No, pero lo vamos a saludar y le pedimos que nos cuente el chiste, como en los viejos tiempos.
-No se- le respondí, a mi no me da la cara. No voy nunca a la iglesia. Además ¿que le vamos a decir: hola, te acordás de nosotros? somos del grupo de amigos del que un dia desapareciste sin dar aviso.
Ahí saltó, años después, que me había quedado con rencor. Mendiondo, menos diplomático y menos rencoroso que yo estaba dispuesto a llegar hasta el final.
-Escuchá- me dijo. Le voy a hacer una gastada al santiagueño. Mañana sábado, cuando esté confesando, me voy a sentar del otro lado del confesionario como si me fuera a confesar de verdad, y vas a ver que sorpresa le doy. Vamos a recordar viejos tiempos y me va a terminar contando el chiste del gangoso que va al kiosco a comprar chicles.
Quedamos en que yo me apostaría en la vereda de enfrente a la parroquia, esperando su salida. Si todo salía bien, me hacía señas, yo me cruzaba, y formalizábamos el reencuentro de viejos amigos.
******
Esperé como media hora apoyado contra la pared, manos en los bolsillos.
De pronto, salió el zurdo por la puerta principal de la parroquia, agitando los brazos y gritando enloquecido: "Me contó el final, me lo contó".
Tan entusiasmado estaba, que cruzó la calle hacia mi corriendo, y sin mirar.
Una camioneta que venía en contramano lo agarró de lleno.
******
Definitivamente Dios ha decidido que yo no rememore el final del chiste del gangoso, por algo será. No he vuelto a insistir en el tema, no me gusta desafiar los designios del Señor.

28 de marzo de 2014

El Cornudo Feliz

Han de ser escasísimas las historias en las que un sujeto víctima de la infidelidad de su pareja, llámese cornudo para ser mas coloquial, se sienta extremadamente feliz y afortunado de serlo. Les he narrado en otra entrada de este blog, sin ir mas lejos, una historia de un cornudo feliz pero que ignora serlo. Sin embargo, hoy tengo para contar una de esas rarezas de las que me llaman la atención. Llamaremos Bombito al personaje en cuestión, para no ponerle ningún nombre de pila que podamos asociarlo a alguien conocido. Bombito, pues, ha practicado el cornudismo prácticamente desde que inició sus relaciones sentimentales. Su novia de toda la vida, que luego se convirtió en su esposa, ha tenido sexo con otro hombre a menudo. Aclaremos que lo engañó siempre con el mismo sujeto -el Ricky- para que no crean ustedes que hablamos de una ramera o atorranta cualquiera. Dentro de su infidelidad mantuvo siempre cierta línea de conducta.
La cuestión es que la pareja de Bombito, primero en el noviazgo, luego en el matrimonio, era muy prolija y disimulada en la práctica de la infidelidad. Esto sumado a que Bombito no se destaca por su capacidad de análisis de su entorno, le otorgaba a ella el marco perfecto para que mantuviera un delicado equilibrio entre el matrimonio y la aventura con el Ricky.
Algunos pocos allegados no muy cercanos a Bombito lo sabían, pero el asunto no trascendía. 
Hasta que se enteró César Bateya, un íntimo amigo de Bombito. Bateya no podía decírselo así nomás, sin anestesia, conocía desde hace mucho tiempo a Bombito y su esposa y no quería colgarse el cartel de iniciador de un divorcio. Mas, como no podía callar, optó por el popular y siempre efectivo mensaje anónimo. Le hizo llegar un papelito dentro de un sobre que decía "Bombito, vigilá un poco mas de cerca a tu jermu. Capaz que te caga. Te lo digo de onda."
Bombito acusó el golpe. Reconoció en el texto la forma de expresarse del César Bateya, mas no le comentó nada a nadie. Estuvo meditabundo y casi sin hablar varios días hasta que pareció digerir el mensaje y reaccionar.
Un día le dijo a su esposa que tenía que trabajar horas extras, que iba a volver tarde; mentira.
Se quedó espiándola, la vio subir al automóvil verde metalizado del Ricky. Los siguió. Entraron en un albergue transitorio. Se quedó parado en la vereda frente al hotelucho. Todavía no sabía que les iba a decir cuando salieran. Con el corazón estrujado, esperando ahí paradito, frente a la salida del hotel, levantó la vista y vió una agencia de lotería. Para hacer tiempo se cruzó a jugar un Quini 6. El local estaba lleno y para cuando salió de la agencia, el auto verde metalizado estaba saliendo. Suspiró. Se guardó el billete del Quini 6 en el bolsillo de la camisa y se tomó un colectivo a su casa.
Al otro día se enteró de que fué el único ganador del sorteo: a sus bolsillos la friolera de 34 millones de pesos.
¿Y que creen que hizo? ¿Venganza contra ella y el Ricky? ¿Contrató sicarios para asesinarlos? ¿La humilló con solicitadas en los diarios, demostrándole lo que se perdió por haberle sido infiel? ¿Se gastó los millones en fiestas con costosas prostitutas?
Nada de eso.
Su razonamiento fue: si ella no me hubiera sido infiel, yo no la habría perseguido. Si no la hubiera perseguido, no habría visto esa agencia de loterías. Si no hubiese visto esa agencia, no habría cruzado a jugar la boleta ganadora. 
Por lo tanto, gracias a que mi mujer me hizo cornudo ahora soy millonario.
Así que jamás le guardó rencor, al contrario, siempre fue un agradecido a su mujer por haberle sido infiel. Y también al Ricky, que además, como es contador, lo asesoró sobre como armar su cartera de inversión y le hizo rendir muy bien la platita. 
Y vivieron todos felices para siempre.

8 de marzo de 2014

Nada

Te quería decir que el otro día, cuando íbamos caminando por la vereda de la calle Francia, por la cuadra esa que está llena de fresnos que dan una sombra muy fresca en verano y que creo que son de la misma variedad que los que tiene mi tia Ester en el patio de su casa donde la semana pasada los albañiles le terminaron el quincho en el fondo y le quedó buenísimo, te digo, un dia de éstos tendríamos que ir a comer un asado aunque ahora, con el gasto que tuvo con los materiales vamos a tener que llevar la carne nosotros, sino, ni miras que la vieja amarreta tire unas costillas a la parrilla, y menos ahora que el concubino que era el que hacía los asados se le fue de la casa. No se si ella lo tenía medio podrido y se le mandó a mudar o que cosa... porque también dicen que él le metía los cuernos ¿sabés con quien? con la gorda Cabral que nos daba matemática en sexto grado de la primaria. Yo hubiera puesto las manos en el fuego que la gorda nunca iba a pegar un novio, que su vida eran las matemáticas y los problemas de ingenio pedorros que nos hacía resolver: ¿te acordás que el único que los resolvía era el Carlitos Fernández?, que en realidad no los entendía, sino que tenía el cuaderno del hermano mayor que los había resuelto el año anterior, y Carlitos los copiaba de allí. El hermano si que era inteligente: entró en el Instituto Balseiro de Bariloche y todo, pero después se tuvo que volver porque rindió dos veces mal Termodinámica y creo que eso no lo permiten y te mandan de vuelta a tu casa. Eso lo frustró y cuando se volvió no quiso estudiar mas nada y terminó dando clases particulares de física y química en una academia que abrió en la calle Francia, por la cuadra esa que está llena de fresnos que dan una sombra muy fresca en verano.

6 de marzo de 2013

La Señora de Bombouiller

Dama delicada y distinguida, si tengo que elegir entre las que he conocido en mi vida, me quedo, definitivamente, con la señora de Bombouiller.
Elegante, oportuna y carismática, sabía acaparar la atención del público en las veladas, no solo en las que organizaba ella, sino también en las que asistía como invitada.
Nunca una grosería gratuita, jamás una palabra fuera de lugar.
Hábil en el uso de sus influencias y contactos, lograba estar siempre bien asesorada en lo referido a la administración de su fortuna. La filantropía a través de las donaciones a entidades sin fines de lucro para evitar pagar excesivos impuestos era una de las herramientas que, por las dotes que he mencionado antes, le venía como anillo al dedo.
Me tocó conocerla cuando el director de empresa para la cual yo trabajaba, necesitaba concretar un importante flujo de dinero para la caja de la fundación que él presidía por aquel entonces. Por desempeñarme yo con éxito en el departamento de ventas, juzgaron los directivos que era la persona mas idónea para terminar de convencer a la señora de Bombouiller respecto al destino de su próxima donación.
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Una de las virtudes mas populares de la señora de Bombouiller era su talento culinario, especialmente para los dulces. Sus "candiotis" eran reconocidísimos en el ambiente.
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La velada en cuestión -vayamos al grano- ocurrió en el casco de una de sus estancias.
Estábamos todos en el ágape de recepción, cuando entraron los camareros con las bandejas repletas de "candiotis". Uno a uno los invitados los fueron llevando a su boca; se veían las expresiones de placer en cada uno de ellos. Yo quedé casi para lo último cuando me tocó servirme mi "candioti".
Nunca había probado en toda mi vida una confitura tan desagradable al paladar. Jamás.
Mi cara debió haberlo delatado al instante pues de inmediato se me acercaron dos custodios. Me tomó uno de cada brazo y me llevaron a una habitación apartada.
- ¿Al caballero no le explicaron, verdad?- Me preguntó el mas alto.
No alcancé a responder porque comenzaron a golpearme. No se describrir los golpes que recibí, porque no se pelear, y no me interesa el boxeo. Pero eran lo suficientemente dolorosos como para hacerme entender que los "candiotis" eran un manjar del cielo y lo adecuadamente suaves para no arrugarme la ropa de etiqueta.
El mas bajo de ellos sacó un fino pañuelo blanco y me limpió un hilito de sangre que me bajaba por la comisura derecha.
- Vuelva al salón, no sea que se pierda de convesar con la señora de Bombouiller- me dijo paternalmente.
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Cuando fue mi turno de platicar con ella, lo primero que se me ocurrió fue besarme la yema de los dedos de la mano derecha y luego abrirlos lentamente como pétalos floreciendo.
- Bocato di cardinale - dije.
Sonrió y conversamos animadamente unos minutos. Contó algunas anécdotas divertidas, como cuando fue embajadora de Portugal y cometió una "petit gaffe" con el agregado cultural de Oporto. Finalmente conseguí la mitad del dinero que me había propuesto.
****
El director de la empresa no quedó del todo contento, aunque tampoco no protestó mucho. Conseguir nada era una posibilidad y no había sucedido. De todos modos, mi progreso en el departamento de ventas no fue demasiado lejos de allí en adelante.
Tampoco tuve la suerte de volver a ser invitado a las tertulias de la señora de Bombouiller.
Y nunca había vuelto a hablar sobre los "candiotis" hasta hoy, cuando me enteré del fallecimiento de su creadora.
Que en paz descansen.

30 de enero de 2012

El Kimidiniño

Inés, el Galleta y yo, tomábamos juntos las clases de primera comunión en la parroquia del barrio, hace poco mas de 20 años, en la ciudad de Santa Fe.
Luego de las clases, todos los sábados, nos cruzábamos a la plaza que está frente a la parroquia.
Allí en la plaza, esperábamos un rato a que nuestros papás vinieran a buscarnos.
Nos intrigaba mucho un chillido que salía de las palmeras.
Era como que alguien chillara y silbara al mismo tiempo.
-Son chicharras- decía yo, sabiendo que no lo eran. El canto de la chicharra, tan típico de la siesta santafecina, es mas rasposo.
Parecían chicharras, pero no era igual.
Un sábado Inés dijo:
-Es un Kimidiniño.
-¿Y eso que es?-  preguntó el Galleta (el Galleta gustaba de Inés).
-El Kimidiniño es un animal que vive en las palmeras y solo come duraznos al natural. Quien lo mira fijo a los ojos, se convierte en Kimidiniño también.
-Que bolazo, eso lo sacaste de un dibujo animado- la interrumpí.
El Galleta, para lucirse delante de Inés, infló el pecho y salió directo hacia las palmeras.
-Yo voy a mirarlo a los ojos y no me va a pasar nada- dijo con infantil valentía.
-No vayas- le gritó Inés.
El Galleta se paró debajo de las palmeras y miró hacia arriba. Se escuchó un chillido muy agudo que me hizo doler los oídos.
Inés cerró los ojos, gritó (como sólo saben gritar las chicas de diez años) y salió corriendo hacia donde venía su padre. Yo, movido por el cagazo, la imité.
El sábado siguiente el Galleta no fue a la clase de comunión, y el siguiente tampoco. En realidad no fue nunca más.
Mis padres me dijeron que la familia se había ido a vivir a Rosario. Los de Inés le dijeron lo mismo.
Intimamente a Inés y a mi nos carcomió la duda por años. Con el tiempo nos cagamos de risa de la anécdota.
Hace dos semanas fui a Rosario por trabajo.
Iba caminando por la peatonal y lo vi; era el Galleta, como a diez metros frente mío.
El me vió, nos reconocimos. Nos miramos a los ojos unos segundos. Levanté la mano para saludarlo.
Abrió la boca y chilló, con ese chillido característico que salía de las palmeras de la plaza, dió media vuelta y salió huyendo entre la muchedumbre.
No se que pensar. No me animo a llamarla a Inés. Me miro al espejo todas las mañanas y sigo siendo el mismo.
Ayer fui al supermercado y de regreso en casa, cuando abrí el baúl, me encontré con que había cargado 15 latas de duraznos al natural. No recordaba haberlo hecho.
Estoy asustado.

23 de diciembre de 2011

Jerónimo y La Causa Papá Noel

Quiero ser Dickens: este es mi triste cuento de Navidad.
Jerónimo había empezado jugando juegos de rol por internet. Luego de una larga cadena de contactos -estoy resumiendo- terminó enganchado en un grupo donde todos tenían un interés común: destruir la imagen de Papá Noel. Los motivos de pertenencia al grupo eran variopintos: católicos queriendo recuperar la imagen del Niñito Dios en el pesebre, el desprecio a una tradición anglosajona asociada a una Navidad que transcurre en invierno en el hemisferio norte y que nada tiene que ver con el continente sudamericano, el no tolerar una imposición arrolladora del marketing mundial... y así podría seguir.  Pero la cuestión es que se había armado una red social bastante nutrida alrededor de esto.

Jerónimo hacía mas de un mes que estaba sin trabajo y ya se había gastado la indemnización del último despido. Casi no salía de su vivienda; le dedicaba muchísimas horas a internet, sobre todo a esta red social anti Papá Noel; comía mal; tomaba mucho; se aseaba poco. Su meta en la vida había pasado a ser figurar en el foro de los que hicieron algo para colaborar a destruir la imagen de Santa Claus. Había de todo: desde uno que se robó 25 trajes de Papá Noel de una tintorería y los prendió fuego hasta otro que meó una estatua  del susodicho en la puerta de un shopping center. Toda se hacía en nombre de La Causa. Él no había aportado nada a La Causa.

Jerónimo se decidió a salir a buscar un nuevo trabajo cuando se dió cuenta de que no le iba a alcanzar el dinero para pagar la factura de internet y le iban a cortar el servicio. No iba a poder seguir siendo parte de La Causa. Y la Navidad se acercaba.

Jerónimo solía tener suerte cuando la necesitaba. Al poco de salir de su casa y caminar unos metros se encontró con un amigo que se iba a anotar para un trabajo: era para repartir volantes de una casa de deportes disfrazado de Papá Noel. Su alma se iluminó. Si conseguía anotarse con su amigo y lo llamaban para ese trabajo, entonces podría juntar el dinero que necesitaba y hacer algo por La Causa.

Ahí estaba Jerónimo, unos dias después, vestido de Papá Noel, repartiendo a desgano folletos, pensando como ejecutar su atentado en nombre de La Causa. Su plan era pobre. Tal vez la mala alimentación del último tiempo hacía su parte. En principio, prendería fuego el vestuario donde se juntaban todos a cambiarse el traje y guardarlo para el dia siguiente (eran como treinta repartidores de folletos). Rociaría con kerosene la puerta de entrada al vestuario. La prendería fuego y huiría corriendo.
Pero Jerónimo no tenía plata para gastar en kerosene. Primero tendría que conseguir un adelanto de la paga para comprar el kerosene. Y fósforos.

Mientras Jerónimo pensaba como podía conseguir el adelanto, sintió un aguijonazo en el cuello seguido de un gran ardor, luego otro, y otro más. Después no sintió más nada. Quedó tendido boca abajo en un charco de su sangre. Gente que estaba cerca y un policía pasaba de casualidad lo vieron todo y lograron reducir al asesino que gritaba "lo hice por La Causa, lo hice por La Causa... carajooooo...".

No era como Jerónimo se lo había propuesto, pero al fin y al cabo había colaborado con La Causa. Lástima que su nombre no iba a aparecer en los foros.

17 de noviembre de 2011

Fastidiosamente Bonita

Fastidiosamente bonita: así estaba cuando se levantó de la mesa.
"No hay manera de mirarla como para que se vea fea". Esto lo había pensado muchas veces,  no estaba seguro si seguiría vigente, porque hacía muchos años que no nos veíamos.
Hoy me convencí de que es cierto.

Ese brillito húmedo de sus ojos, cargado de odio comprensivo; sabía que no había maldad en lo que le había dicho: se dio cuenta de que no la había entendido y le daba bronca. Por eso tan enojada.

Seguimos siendo amigos. Eso creo.

Me dijo chau y me sonrió así nomás, como dolida, y se fue por entre las mesas del bar dándome la espalda. La miré todo el tiempo mientras se iba. Conservaba las mismas curvas que en la época de la facultad. Un poco mas machacadas si se quiere,  igual de tentadoras.

Pensar que nunca le pude poner las manos encima.

Ahora no me dan ganas; después de tantos años de amistad es como que el interés se pierde. La empezás a ver como a una mesa, un aparador, un cactus; no sé. Cualquier cosa.
Horas de charla, intercambio de problemas, canje de dramas, licuados de anécdotas, campeonato de consuelos. La carne se transforma en una especie de plasma amigable y donde había un culo bonito pasa a haber tejido epidérmico redondeado...

Mentiras. Me muero de ganas de tocarla.
Cuando terminó de salir del bar ya tenía diez años menos.

Luego llegó el mozo; atento. Tenía el moñito torcido.

-  ¿Qué desea el caballero?

-  Que no haya mas guerras, que ella me perdone, y una Gini lima limón.

24 de septiembre de 2011

El Fiel Bachicha

Esta es la historia de lo que le ocurrió a un humilde muchacho de barrio Centenario.
Un jóven que a duras penas pudo terminar la escuela primaria, que ya a los diez años trabajaba como ayudante en la verdulería del FO.NA.VI. Un jóven que todas las tardes, infaltablemente, se dirigía a un baldío cercano a su hogar para jugar a la pelota, al fútbol, soñando con que algún día podría jugar en Colón -el club de sus amores- y llegar a ser un astro del mencionado deporte, como Messi, o Maradona.
Así como era de hulmide, era de tímido.
Lo humilde lo obligaba a usar como pelota algún zapallo podrido que no se había vendido ese día en la verdulería, lo tímido lo condicionaba a que su único compañero de juego, aquel que desempeñaba el papel del arquero rival, fuera su fiel perro Bachicha, el cual, luego de la agotadora jornada como guardavallas se contentaba con lamer con devoción las semillas del zapallo ya destrozado por los puntapiés del jovencito. Cuentan que alguna vez, alguna de esas semillas se incrustó en el intestino delgado del animalito, y que con el tiempo creció y luego brotó, por el ojo del perrito, una planta de zapallo muy verde y frondosa.

Pasaron unos cuantos años hasta que un conocido dirigente del ambiente futbolístico lo vió pateando el zapallo con tanta elegancia, y a la vez precisión, que lo llevó inmediatamente para que se probara en el club. No fue difícil imaginar que si era hábil con un zapallo, mucho más lo era con la pelota, tanto así que inmediatamente le ofrecieron que fichara para la institución.
Pero... ¡Oh, que cruel ironía del destino! el club que quería disponer de sus servicios era Unión, el eterno rival de los sabaleros. El joven necesitaba tanto el dinero, que tuvo que traicionar a su corazón y firmar para los tates.

Su vida comenzaba a modificarse abruptamente casi sin que pudiera dominar la situación; la noche en que le comunicó la noticia a su familia, su padre -seguidor incondicional del equipo rojinegro- lo echó de su casa y dejó de dirigirle la palabra. Su humilde personalidad no le permitía comprender ni dominar la extraña combinación de sentimientos que lo invadían -rabia y tristeza por un lado, alegría y satisfacción por el otro- , y solitario fue a parar al baldío donde había aprendido a pegarle al zapallo, se sentó sobre una vieja cubierta de neumático y se largó a llorar. Al escuchar su llanto, apareció el fiel Bachicha moviendo su corto rabo, con su ojo brotado, y le pasó unos consoladores y a la vez ásperos lengüetazos. El joven enfurecido descargó toda su impotencia sobre el pobre can y le propinó un fortísimo zurdazo, tanto que si el perrito hubiese sido pelota, hubiera constituído un remate difícil de atajar aun para el más experimentado de los arqueros.

Pasó el tiempo -unos siete u ocho meses desde aquella patética noche- y el muchacho ya vivía en forma independiente y feliz; en base a sus actuaciones en el rectángulo de césped, se había ganado el aprecio de los dirigentes, del director técnico y de buena parte de la hinchada tatengue. Solamente empañaba su alegría el triste recuerdo de aquella noche, desde la cual no había vuelto a ver ni a su padre ni a su perro.

 Y llegó el día clave de nuestra pequeña historia, el día más esperado por toda la ciudad y tan temido por el nuevo crack, ¡el día del clásico santafesino!, en el estadio del barrio Centenario se enfrentaban Colón y Unión. El muchacho vivió los días previos con mucha tensión, casi no probó bocado y apenas prestó atención a las instrucciones que le impartió su D.T. durante la semana.
Llegada la hora de salir al campo de juego, el jóven, con el nueve en la espalda, tomó aire y salío al verde césped todavía los ojos cerrados. ¿Qué capricho del destino quería hacerle aún más doloroso el partido?.
Cuando abrió los ojos vió con sorpresa que el arquero de Colón era ni más ni menos que su fiel perro Bachicha. Su papel de partenaire en el viejo baldío, tantas horas al arco, tantos zapallazos atajados, no habían sido en vano, el perro era un arquero extraordinario. Hacía dos meses ya que defendía el arco sabalero y aún no le habían convertido ningún gol a pesar de que su ojo brotado le impedía tener una visión panorámica completa del desarrollo del juego dentro de la cancha.

El primer tiempo finalizó cero a cero; el joven había jugado de manera bochornosa y había sido silbado, e incluso insultado por la parcialidad rojiblanca. Se cuenta que en los vestuarios el técnico le dijo severamente: -¡Si no hacés un gol en diez minutos te saco del equipo!-. En la primera jugada del complemento le robó la pelota a un rival y como un león herido que combate por última vez, enfiló hacia el arco de los rojinegros eludiendo en su camino a tres defensores de manera magistral. Al quedar sólo frente al arco levantó la vista y vió al fiel Bachicha debajo de los tres palos, y vió a la hinchada sabalera sufriendo desde los tablones de madera donde alguna vez él había estado saltando, y vió entre los hinchas a su padre tapándose la cara para no mirar el desenlace de la jugada, entonces pensó: "no puedo hacer el gol, no puedo", e intencionalmente le pegó muy suavemente a la pelota; le salió un tirito tan débil que era una masita para el arquero.

Pero créase o no... el Bachicha se dejó hacer el gol.

¡Qué gesto el del fiel Bachicha! ¡Hasta que punto puede llegar una demostración de sincera amistad y verdadera fidelidad!. A pesar de aquella patada en el baldío, el perrito demostró con esa sorprendente actitud que mas allá de todo seguía siendo su Bachicha. El joven y su can se abrazaron y lloraron juntos en el punto del tiro penal, gruesas gotas de lágrimas saladas caían desde los lacrimales del muchacho, largos chorros de savia eran vertidos desde el tallo que brotaba del ojo del perrito. En la tribuna popular, el padre del muchacho, con los ojos inundados de lágrimas, con la espalda inundada de sudor, se puso de pie y comenzó a aplaudir; su actitud fue imitada por todos los concurrentes al estadio.

El árbitro, sin poder ocultar su emoción, decidió finalizar allí mismo el partido, el cual, unos días mas tarde, fue declarado empate moral por la Asociación del Fútbol Argentino.

7 de septiembre de 2011

Un Buen Hombre de Gran Corazón

Érase una vez un buen hombre de gran corazón.
Tan bueno era él y tan grande su corazón, que todos lo apreciaban.
Una vez se enamoró perdidamente y vendió su corazón a una bellísima mujer.
Era tan mala y mezquina como bella.
-¿Que puedo hacer con este corazón tan grande y tan bueno, todo para mi solita?-, pensó.
Asi pues, se le ocurrió subdividirlo en parcelas y lotearlo.
Hizo buen dinero, ya que lo dividió en siete lotes, ella se quedó con uno y vendió los seis restantes.
Ahora este buen hombre, ya no puede amar perdidamente nada mas que a su mujer.
Tan solo profesa un amor mediocre y sencillo repartido entre siete personas, por orden de superficie cubierta, a saber:
  1. Su bella mujer.
  2. Un tío de su mujer.
  3. El peluquero de su mujer.
  4. Una prima de la escribana que hizo las escrituras de los lotes.
  5. Un concejal de Venado Tuerto.
  6. Un cardiocirujano que usa su parte para perfeccionarse.
  7. Un kinesiólogo de Tandil (con éste, como lo compró por invertir en algo una herencia que había recibido, casi no se ven, unas vez cada dos años, a lo sumo).